Miércoles, 8 de Septiembre de 2010
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Peridico semanal
NUM. 729 3-09-2010
 
   
 
  EL MONASTERIO DE PIEDRA
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Si excluimos a la Basílica del Pilar y la Seo, tal vez el Monasterio de Piedra sea lo más visitado de la Región Aragonesa. Enclavado en las intrincadas sierras del Sistema Ibérico encontramos serpenteando al rio Piedra, esquivando mediante cascadas y saltos de agua importantes desniveles . En este lugar se asentó en el siglo XII la orden del Cister y su monasterio, el de Piedra. Un lugar en el que la luz y el color, el rumor constante de las cascadas, la exuberante vegetación, las colosales grutas y la dureza de la piedra crean un extraordinario ambiente, un verdadero goce para los sentidos que difícilmente podremos encontrar en cualquier otro lugar..Se ha convertido en un verdadero y paradisiaco lugar de descanso y esparcimiento para los turistas gracias a sus tranquilos jardines y numerosas cascadas. Los monjes cistercienses, muy inteligentes ellos, buscaban este tipo de paisajes para desarrollar su lugar de trabajo y oración. Desgraciadamente los visitantes que acuden al Monasterio hacen poco caso de él y se centran mucho más en las zonas ajardinadas. A pesar que la edificación no se encuentra en “buen estado de salud”, merece la pena dedicarle un poco de atención ya que ofrece gratas sorpresas al amante de lo medieval.


  De las llanuras de Molina a las cascadas del Monasterio de Piedra
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El rio Mesa tiene muchos secretos. Uno de ellos es su espectacular valle que nos lleva desde Selas, su nacimento, hasta las inmediaciones del Monasterio de Piedra, no sin antes pasar por los conocidos balneario de Jaraba

Continuando por las inóspitas y abandonadas tierras de la zona de Molina de Aragón, nuestro “caballo de hierro” nos acompaña en un relajante paseo por el Valle del Rio Mesa. Desde Selas, punto de partida de nuestra ruta, hasta el Monasterio de Piedra el Mesa discurre por profundos cañones y frondosos valles, pasando por pueblos singulares, muchos de ellos con población escasa y que en verano, gracias a la vuelta de los “hijos del pueblo que se han ido a la ciudad”, parece que resucitan.
Selas fue un pueblo rico en su pasado y tras un breve paseo por sus calles nos damos cuenta de ello. Una compañía vasca practicaba en los pinares de las proximidades del pueblo la extracción de resina y madera y su caserío y sólidas construcciones de sillar de caliza es fiel reflejo de la vida que tenía Selas hasta la década de los setenta. En la parte más alta del pueblo tenemos la Iglesia parroquial y desde alli divisamos nuestro próximo destino: Anquela del Ducado. Aquí, la Sierra de Aragoncillo se parte en dos debido a un espectacular paraje encañonado. Su iglesia, aunque reformada con el paso de los Siglos, todavía conserva algunos vistosos detalles de su origen bajo medieval.
Entre paredones rocosos y vegetación continúan fluyendo las aguas del Mesa para llegar a la localidad de Turmiel. Un palomar –construcciones muy típicas del Señorío de Molina-, se alza en lo alto de la meseta en el que se ubica el pueblo. Por aquí pasaron celtas, visigodos, romanos y árabes, como atestiguan los restos de una necrópolis celta y otra visigoda, y la red de acequias árabes que aún perduran a lo largo del valle. Merece una visita su iglesia de San Pascual y de San Roque, del siglo XVI. Mas adelante nos acercamos a Establés, un pueblo típico castellano de construcciones de adobe, piedra y teja rojiza .Un castillo con un curioso nombre –el De la Mala Sombra- es el guardián del pueblo. En Anchuela del Campo, la iglesia de San Miguel, con portada renacentista y algunas bellas fachadas de casonas blasonadas merecen un paseo por sus calles.
Amayas es nuestro siguiente destino. Su paisaje rural, repleto de campos de cereal, sabinares y pastizales, no debe haber cambiado mucho desde que llegaron sus primeros habitantes: pastores que repoblaron la zona durante la reconquista. Amayas es el típico pueblo molinés con un caserío del siglo XVIII, la casona del Marqués y un palomar.
Volvemos al cauce del río Mesa. Con él llegamos a Mochales, pueblo fronterizo con la provincia de Zaragoza, que ha pasado a lo largo de su historia sucesivamente de manos aragonesas a manos castellanas. En la plaza mayor se alza una gran iglesia, el Ayuntamiento – con un reloj de sol del tiempo de Carlos III -, un palacio renacentista, un antiguo castillo roquero y casonas de estilo molinés.
Continuamos por el cañón formado por las aguas del Mesa para llegar a las verdes y fértiles tierras de regadío de Villel de Mesa –antigua capital del Señorío del Mesa-. Un arco a la entrada del pueblo nos recuerda el castigo que recibían los enemigos del señorío: la horca. En la parte alta de pueblo se levanta una gran iglesia gótica que encierra en su interior asombrosos retablos de los siglos XVI y XVIII. El castillo musulmán del siglo XV, el palacio de los Marqueses de Villel o el palacio de los Samper-Rivas, son testigos de los aires de grandeza de este pueblo en una época pasada. En las proximidades del río encontramos la ermita de Jesús Nazareno, o la de San Juan –escarbada en la roca-, además de un viejo molino, que hoy en día funciona como hotel, en el que todavía podemos contemplar como se elaboraba el pan. En las proximidades de la villa podemos contemplar una necrópolis visigoda.
Dejamos atrás este grandioso pueblo, no sin antes admirar el antiguo puente medieval sobre el Mesa, para llegar a Algar de Mesa, último pueblo castellano del recorrido. La iglesia –del siglo XVI- , y las casonas, con una extraña herencia castellana-aragonesa, son dignas de ver. Como joya natural, Algar cuenta con una bonita cascada, un salto de las aguas del Mesa, que continúan para entrar en una nueva provincia: Zaragoza.
Llegamos al primer pueblo del antiguo reino de Aragón, Calmarza, villa defensiva ubicada en un alto, rodeado por un meandro del río. Una torre vigía denota la necesidad de protección de este territorio, a caballo entre las coronas de Aragón y Castilla. En él encontramos la Iglesia de la Asunción de María –de los siglos XVI y XVIII-, que aún conserva algunas joyas del románico, como la portada o la pila bautismal. En esta parte del valle, las paredes del cañón se elevan vertiginosamente, es por ello que los buitres leonados hayan encontrado un lugar idóneo para su residencia. Sus acrobáticos planeos sobre nuestras cabezas son todo un espectáculo.
Continuamos por el estrecho callejón de caliza en el que se convierte el valle para llegar al Santuario de Nuestra Señora de Jaraba. Labrada sobre las paredes del cañón y mimetizada con la roca, este santuario -de construcción típica del siglo XVIII, aunque se sabe que es más antigua- resulta sorprendente. Adosada a ésta se encuentra una casa, ocupada antiguamente por el capellán y los santeros.
Seguimos el flujo del río Mesa. El cañón desaparece bruscamente y llegamos a un paisaje dominado por las vegas y la huerta, entramos en la última localidad del valle, Jaraba. Aquí las aguas se vuelven mágicas, algo que ya sabían los pobladores del siglo XI quienes ya aprovechaban sus propiedades terapéuticas.
De Jaraba continuamos hasta Nuévalos. En los alrededores de este bonito pueblo bañado por el emblase de la Tranquera tenemos dos ermitas: la Virgen de los Alvares y la de San Sebastián. También merece una visita el edificio del ayuntamiento, la antigua casa del Obispo. Lo más interesante de este antiguo palacio, del siglo XVI, es su patio de dos cuerpos arquitrabados sobre columnas y su gran escalera con linterna. Desde allí, por la carretera A202 que une Calatayud con Molina de Aragón, nos dirigimos hacia el Monasterio de Piedra. Sus tranquilos jardines y rumorosas cascadas son un remanso de paz ideal para descansar después de nuestra excitante ruta por el Valle del Mesa.
 
 
 Registros 1 a 2 de 2  
 
 
  Fotos de la ruta:
 
  Foto 1 Foto 2 Foto 3  
 
  Foto 4  
 
   
   
 
 
 
 
Programación: JAL2000